María Castaño Sosa, día del árbol

Discurso para terminar el taller de Manejo básico de Muerdago y Heno por la Srita. María Castaño Sosa

Buenos días, mi nombre es María Castaño. He sido parte de la comunidad Jurica durante toda mi vida y he tenido el privilegio y el honor de crecer rodeada de la tranquilidad, confianza y unión que define a nuestra comunidad. Es por esto que estoy muy agradecida con la maestra Luza por darme la oportunidad de decir unas palabras en honor al “Día del Árbol”. Para mi, la relación que mantenemos con nuestras áreas verdes es fundamental para fortalecer el bienestar de nuestra comunidad y garantizar la armonía que, durante muchos años, ha caracterizado a Jurica Campestre.

 

Lo primero que observamos al entrar a la colonia, son los grandes árboles que flanquean las calles y nos anuncian la llegada a nuestro hogar. Mientras las estaciones cambian, estos mismos árboles y todas las áreas verdes que le dan vida a Jurica, nos bendicen con un espectáculo de colores y fragancias que nos fuerzan a encontrar un momento de paz dentro de nuestros ocupados horarios. Es en estos instantes de tranquilidad cuando podemos recordar momentos de nuestra infancia en los cuales nuestra conexión con la naturaleza parecía de los más innata. Momentos cuando no le teníamos miedo a ensuciarnos las manos con tierra o a treparnos a los más alto de un árbol y no saber como bajar. Momentos llenos de ternura, felicidad e inocencia. 

 

En mi caso, al caminar por Paseo Jurica y observar los Pirules recuerdo mis primeros años de vida cuando en las tardes iba al parque con mi mamá y sentía que era capaz de todo. Mi madre, preocupada, observaba cómo trataba de subirme a la copa de un gran Pirul que se encontraba a lado de la ciclovía. Yo, creyéndome alguna versión mexicana de Indiana Jones, me imaginaba que era una gran exploradora que estaba a punto de descubrir los secretos del universo en las ramas de ese viejo árbol. Puede ser que no haya descubierto oro, piedras preciosas o algún códice antiguo escondido entre las hojas y raíces de ese Pirul pero aprendí el valor que un árbol puede tener para el desarrollo de la imaginación de un niño y su capacidad de ser compasivo con los seres que lo rodean. 

 

Siendo una adulta, esos recuerdos en el viejo Pirul nunca fallan en sacarme una sonrisa. Las enseñanzas de ese viejo árbol me llevan a querer asegurarme de que las infancias de nuestra comunidad también puedan explorar la naturaleza, encontrar a un árbol mentor y experimentar aventuras similares. Ser congruentes con la naturaleza no siempre se logra dándole un giro de 360 grados a nuestro estilo de vida y empezar a consumir productos orgánicos. A veces, los cambios de conciencia más significativos se logran dándole a un niño la oportunidad de explorar un árbol o, como adultos, perderle el miedo a tomarnos un momento y apreciar las riquezas y mensajes que el mundo natural nos ofrece. 

 

Hace ya más de 10 años, esta misma mentalidad me llevó a juntar todos mis domingos y movilizar a mis compañeros para comprar árboles y plantarlos, a través de una actividad escolar, en el terreno detrás de la escuela John F. Kenney. Deseo que las acciones que mis compañeros y yo tomamos hace ya tantos años sean algo que se normalice en nuestra comunidad y que cada vez sean más las infancias que crezcan rodeadas por la naturaleza y sepan lo crucial que ésta es para todos nosotros. 

 

Gracias. 



María Castaño Sosa